HOMENAJE A AMPARO PASTOR BUSTAMANTE

Este es un homenaje a Amparo Pastor Bustamante, creadora del método “La Inherentia”, Psicóloga, Psicoterapeuta, Pedagoga Sistémica, Entrenadora en Inteligencia Emocional y Acompañante en Sanación de Actitudes, y ante todo ser humano con una calidad extraordinaria como no he conocido más en mis casi 47 años de vida.

 

Amparo, según el diccionario, significa abrigo, chispa, que se vale del apoyo o protección.

 

La Amparo de la que hablo no puede ser encorsetada con palabras, pues en el momento de utilizarlas ya dejan de reflejar su esencia que se escapa de entre las manos, como quien intenta atrapar una mariposa para descubrir el secreto de su belleza.

 

La Amparo que queda grabada en mi recuerdo era una de esas pocas personas brillantes que han habitado el planeta, pero no por lo exitosa, que también, sino por la luminosidad de su alma.

 

Una persona valiente, íntegra, inteligente, congruente, impredecible y firme a la vez que tierna, creativa, divertida, receptiva y profundamente amorosa. De esas pocas que no se dejan seducir o manipular por el poder, la ambición, el dinero, la fama, el reconocimiento o la aprobación.

 

Era más de hacer modestos encuentros de educación emocional entre familias, donde se llegaban a visitar las más profundas dimensiones del alma, allí donde el amor permanecía encapsulado como un tesoro en el fondo del mar, que de dar grandes conferencias o seminarios para ganar prestigio o de darle en el gusto a personas que transitan de curso en curso para intentar saciar su sed de atención y cariño.

 

Como ella decía con tono divertido; “Miguel Ángel a mí ya no me la cuelan. Otra cosa no, pero reconozco perfectamente quien viene porque necesita ayuda y está abierto en cuerpo y alma, de quien quiere manipularme para llevarme a su territorio,…..y a esos….ni agua!!”

 

Amparo Pastor era más de promover contextos donde los niños aprendieran a amar a sus padres desde el sentirse plenamente hijos, y a que los adultos aprendieran a amar a sus hijos desde el sentirse plenamente padres, “Cada uno en su lugar para poder amar y para poder educar”, era su lema y su estandarte.

 

Las palabras humildad, transparencia, fluidez y servicio las aprendí en su ejemplo de vida. Ella me recordaba constantemente que las actividades de inteligencia sistémica-emocional que yo promoviera con familias, grupos o individuos, me dejara sentir si en ese espacio podrían estar mis padres, mis hijos, mi pareja, mi familia o también niños o ancianos. Si la respuesta era que no, sería mejor no hacer esa actividad o cambiar la manera en que se estaba haciendo.

 

“Miguel Ángel, Los animales, los niños y los ancianos saben si lo que haces es de verdad o estás haciendo un teatro”, me solía decir.

 

No era amiga de grandes dramas ni de entrar en territorios de catarsis emocional o histrionismos, y mucho menos de generar dependencias, fascinaciones o especialidades sobre su persona. Era más bien de desplegar de una manera cercana y natural el amor inherente en todo ser humano, de mostrarte dónde estaban tus recursos emocionales y el camino para reconocerlos y ordenarlos en tu vida cotidiana.

 

Decía que los cursos de fin de semana creaban cierta adicción y que era como el que se va de boda un domingo. Uno se pone sus mejores galas y pareciera como que vive en un estado de felicidad cronificada y eufórica, fusionado con los demás y como si hubiera sido abducido en una “simbiosis regresiva” con su propia madre a través del grupo o de recibir la atención “especial” del/a facilitador/a.

 

Según ella, el verdadero reto era el de reconocer el amor en lo cotidiano, en el día a día y con las personas y contextos que formaran parte de nuestra realidad, sin confusiones, sustituciones o ilusiones. Con un amor claro que ve al otro y con una actitud modesta, centrada, humilde, generosa, servicial, serena y respetuosa. Amar nuestra realidad tal y como es, con los que son tal y como son, desde nuestro lugar,… sin más pretensiones.

 

Todavía recuerdo el primer seminario que organizamos en Murcia en 2009. Yo no tenía dinero suficiente como para poder pagarle un hotel y le propuse alojarla en mi pequeño piso de 65 m2. Las dos habitaciones las teníamos ocupadas y Ana y yo le ofrecimos nuestra cama de matrimonio, a lo que ella se negó argumentando que dormiría en el sofá. Esa mañana me encontré a mis niños, de entonces 7 y 3 años, encima de Amparo en el sofá y ella contándole historias divertidas de sus tres hijos, y a los dos míos encandilados escuchándola.

 

Hace ya más de siete años su garganta se vio gravemente dañada. Paradojas de la vida, el órgano que le había servido de instrumento para transmitir a los demás su sabiduría comenzó a deteriorarse. Pareciera que la vida le dijera que lo que había venido a comunicar se hubiera completado y que le tocaba marcharse envuelta en el silencio donde todo nace y todo regresa.

 

Entonces nos dio la última lección de aprender a cómo despedirse y a cómo morir. Tras una dura convivencia con la enfermedad y con 55 años, el 28 de julio de 2013, su cuerpo finalmente se apagó. Fuimos muchos los que nos quedamos sin su chispa, su abrigo, su apoyo y su protección.

 

Sobre todo su esposo Juan, y sus hijos Alba, Adrián y Mateo, a quienes quiero enviar todo mi cariño y agradecimiento por habernos permitido compartir a su esposa y madre con miles de familias, educadores y profesionales provenientes de toda España, durante los últimos quince años.

 

Ella sabía que la reconciliación familiar y la historia española estaban vinculadas, por eso sus encuentros generacionales estaban destinados a reconciliar el pasado a través de honrar a los anteriores y dotar de sentido sus vidas como motor de impulso hacia la vida que sigue,…“desprenderse para poder emprenderse”.

 

Se fue para mí una maestra, una compañera de vocación y una amiga. Nunca se lo dije en persona, pero siempre la he querido y admirado mucho.

 

 Cuando trabajaba en acompañamiento emocional decía de una forma cariñosa “déjate sentir,….no pasa nada, nos ha salido esto y es importante,…..déjatelo sentir…”. Si le hago caso y me dejo sentir, me llega un vacío que solo lo puede llenar la fortuna por haberla conocido en el tiempo y forma que me fue concedida.

 

Es curioso que después de tres años  intensos colaborando y aprendiendo junto a ella, finalmente no me pudo certificar la formación realizada, y quizá haya tenido que ser así, pues ahora al que le toca reconocer lo aprendido no es a quién la dio sino a quien la tomó, y me doy cuenta de haber recibido muchísimo más que un título o un certificado.

 

“Amparo, siempre formarás parte de mi memoria, de la de mi mujer y mis hijos. Descansa en la paz por la que siempre trabajaste, y, por favor, ayúdanos a los que tuvimos la suerte de aprender de ti, a continuar con el legado que dejaste hacia la vida que sigue”.

 

 

 Miguel Ángel Marín Millán